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Tres instantes



No es preciso, lector, lectora, saber previa o posteriormente qué refiero o a qué me refiero –qué describo realmente– en las líneas que siguen; pueden ser leídas sin conocer o explicitar los objetos subjetivados que las han inspirado.

No me ha impulsado en su redacción un ánimo lúdico-críptico sino la sola necesidad de confeccionar un homenaje afectivo a tres momentos –¿debería apuntar «bachianos» como pista…?– que guardo en esos  resquicios del cuerpo y de la memoria en los que nada se pierde y nada se olvida.


I.

Existe un infinito tan extenso como minúsculo ante cuya contemplación me invade siempre el vértigo que sentiríamos en un salto de incierto final sobre un abismo estrecho abierto a la nada.

Es tan sólo un hiato brevísimo, poco apreciable en una escucha alejada sin interés consciente. No siempre ocurre; depende del ánimo del violinista, de su actitud en la acometida de la anacrusa; de si su arco se desliza completo en la duración marcada o de si el frotamiento cesa una leve fracción  de segundo antes del final de aquélla: de si quiebra ante nosotros el tiempo entero cual tierra en terremoto terrible sacudida.


Es un lapso apenas cuantificable, un suspiro inaudible y contenido; un rescoldo amenazante de un recuerdo fatalista: no todo acto, por bello que a ser vaya, ha de acabar llegando a buen término. Sólo al arribar al si natural del mordente recto, al sentirlo apoyado bajo los pies de nuestros oídos, el mundo recupera su equilibrio y la calma rehabilita la zozobra del estómago angustiado. Tan sólo en ese instante comprendemos que el aria ha sido puesta en vida, que la piedad que a su dios implorará le ha sido concedida  de antemano al permitirle llegar al ictus inicial que entonará el primer lamento obbligato.


No está escrita, no. Tal vez se trate, por tanto, de una necesaria toma de aire, una ingesta del espíritu requerido para sofocar el espasmo del miedo, para afrontar sin temor ni vacilación la enunciación de la frase con su exacta prosodia. Microsegundos en que el gesto trémulo en los ojos y la boca buscan serenidad afirmativa ante sí y ante el si.



II.

En ocasiones, algo ajeno a cuanto en un instante es real –algo extraño, ataviado incluso con signos alterantes–, algo minúsculo sin aparente importancia –sin peso dentro de la corriente que gobierna el todo de su contexto local y general– se convierte en el apoyo necesario, en el punto en que bascula el significado del movimiento y provoca en la expectativa un corrimiento de la emoción hacia una apertura inesperada.


Pienso ahora en uno muy concreto, tan breve como evocador para mí. Me imagino llegando a él como si bajase sincopada y graciosamente una escalera de apenas tres peldaños: apoyando las puntas de los pies en cada  salto-paso y describiendo en el aire la ligereza propia de una pelusa de algodón que se deslizase por un «clavesterio» empujada cariñosamente por alguna brisa suave que, tal vez, se introdujese furtivamente por cierta ventana primaveral de Leipzig.


Reconforta su escucha el centro del torso; el estómago sufre la punzada ínfima de sus aristas y enseguida halla la calma tras el fugaz ascenso que rompe el instantáneo hechizo de la duda  creada entre los dos modos, dándonos  a entender la potencia expresiva de una súplica implorante que será reconducida, al cabo,  a regiones más relativamente tonificadas.


Tú, la que va a ser apoyo –apoyatura–, la quinta en la alta voz del veintidós, te relacionas con el instante anterior por la llegada a la mensura que  te precede, la caída en el veintiuno: la misma rectitud mordida y la misma pausa no escrita que podría abrir un nuevo abismo.

Eres fruto de un tiempo lento ornamentado, de un aire que a cuantos lo escuchan seduce; te representan pequeña, jibarizada, casi sin cuerpo pero eres, en ese punto concreto, aquello que recurrentemente acude a mi memoria desde que el primer sol comienza a brillar-sonar.


III.

Tres serán el tercero; tres que en verdad es sólo una tripitida; tres que, siendo estrictos, se reparten alternadas en dos y una. Más aún, las coordenadas generales en que se inscriben podrían decirnos que se hallan en la segunda del segundo de tres y se ubican, dentro del todo, bajo la conjunción de dos treses a dos y un dos a tres respectivamente elevados.


Las tañí –o acaricié– apenas medio paso bajo de la forma forma original en que nacieron y fijadas fueron. He sentido siempre la segunda como un eco temprano de la primera y la última como una afirmación de la inicial: como si en ese juego de repeticiones y alusiones de puntos alineados se condensara la voluntad de un arroyo –siempre el Arroyo de oceánico caudal– que, habiendo apenas empezado a manar, buscaba conscientemente desparramarse en direcciones opuestas.


Nuevamente encontramos en las tres de este instante potencias contenidas y magia pero, en este caso, no existe el temor al vacío ni la sensación de un punto de apoyo que sustente el todo sino, al contrario, un firme optimismo en que la bondad más dulce y reconfortante va a brotar desplegando un abrazo en que a todos acoja.

Este trio de casi iguales –una de ellas cuelga de otra piel– me evocan siempre una arcadia un tanto onírica de  cuya extinción iba yo siendo consciente en el propio momento en que las tres eran presente continuo, casi mi único presente: preludio intercalado del alegre adiós nostálgico que vendría después.


Se habla coloquialmente de puntos de inflexión y de reposo; también de punto culminante pero ¿podrían los tres darse al mismo tiempo? Un cambio drástico, un tope en tal o cual dirección, una cesura respiratoria antes de abordar otra probable triada… Quizás este instante en tres así haya sido o, tal vez, sólo he querido imaginar en  el punteo de tres gotas  de agua casi mellizas un visor del tiempo pasado: una  pequeña raíz que aún me ancla con cierta nostalgia a alguien que ya no soy.


Recuerdo ahora, mientras expiran estas líneas, que fue popular algún tiempo atrás una agradable canción que refiriéndose a la juventud  y a la alegría de estar vivos entonaba y vocalizaba insistentemente algo tan sencillo como este instante: «la, la, la»…

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