El jardín del yo

Las flores de la infancia son perennes actitudes cuyos tallos, aunque enraizados en otro tiempo, siguen creciendo en las estrechas sendas de cada presente.

 

En el curso de agua que lleva a las cataratas de la mente veo el reflejo de mi cuerpo y en esa ondulación imaginada constato que siempre estuvo ahí la otra tela: la suave, la elaborada delicadamente, la que a mí en verdad se ajusta.

No comprendo los hábitos del hábito, las inercias mantenidas de quienes separan e imponen ni sé cómo del tronco común a las primeras hojas salieron esas curvadas ramas de lo recto que sólo trasvasan su savia en un único sentido.

 

Se divisa junto al sauce del pozo un cuerpo con alas. ¿Antropozoo? ¿Zoomorfo? Ambos... La perspectiva causa la duda; el arquetipo que interpretes en el juego o el momento en que dentro de aquél te encuentres.

En unos, las alas son de Victoria, pétreas, firmes; rescatadas de su sepulcro de arena se exponen triunfantes ante admirantes ojos. En otros, tan sólo un ala de paloma muerta aplastada repetidamente emerge unos segundos cuando el benigno viento la levanta y mece permitiéndole decir a una de su plumas antes de su crepúsculo último: "yo fui".

 

Hay hojas oscuras, diríase secas, que haciéndose humo fructífero condensan el trágico amor veronés.

 

Ahí se posa: en la rama, en la hierba, sobre la piedra tibia; mira de lado y me indica: es breve dando su certeza. Marca el camino y reemprende el vuelo las más de las veces; las menos, acude, se acerca confiando y me permite admirarlo. No importan las formas o colores en que lo haga, siempre aparece para mí.

 

El jardín es siempre esférico y de su infinitud rotatoria derívase la imposibilidad de escape, pues los tallos de las flores de la infancia siguen creciendo en las estrechas sendas del presente.



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